Tololar-Palo de Lapa. Nicaragua V

jueves, agosto 31, 2006

A las mujeres del Tololar

Desde la vieja Cartonera hasta Los Pozitos el camino recorre, atraviesa, une y separa la comunidad dispersa, arrojada entre los campos de maní como sembrada o desparramada por el paso de un huracán. A tan sólo 15 km de León (cerebro de toda la nación) la comunidad del sector rural noreste vive anclada en un tiempo que parece mágico: un tiempo de hamaca y paso de viejo caballo indio, un tiempo de camino de polvo negro de volcán. Jalan el agua de los pozos que cavaron sus padres arrancandole el agua a una tierra tantas veces hostil. La luz eléctrica llegó hace apenas un año a muchas de las casas aunque hoy por hoy siguen muchas veces a oscuras por gracia de la compañía transnacional (española en este caso) que les vende una energía que no les da. Cuentan los propios del lugar que el camino quedaba al ras de los "ranchitos" pero las lluvias y el Mitch lo dejaron escondido a dos metros de las vallas que protejen sus pocas gallinas, sus chanchos y sus tres cabezas de ganado.

Un autobús sale a las 7 de la mañana de León y otro a las 11:30. El trajín de caballerías y bicicletas con pasajeros que desafían lo razonable pueblan el camino el resto del día. Al llegar uno siente que esta es "otra Nicaragua". Los hombres (y sobre todo las mujeres) del Tololar son de aquellos que han aprendido a arrebatarle a la tierra lo que esta tantas veces les niega. Representan al pueblo que se cae y se levanta una y otra vez; y en la desgracia sonríe, comparte, y acoge al visitante con agradecimiento. Mantienen la dignidad del huésped como si fueran de la realeza en los tiempos antiguos (sus rostros y sus maneras son dignas de reyes aunque sus vestidos y sus manos los identifiquen como campesinos). Son acogedores, tiernos, honestos y siempre dispuestos a la celebración y a la vida. Cualquier excusa es buena para juntarse bajo un palo de mango para platicar, dar la bienvenida o despedir a los amigos.

Los nuevos terratenientes han comprado sus tierras o las alquilan o las usurpan para arrasarlas con grandes cultivos de maní que tarde o temprano destrozarán el suelo y el futuro.

Y pese a todo la comunidad sigue unida, eligiendo a sus líderes, asociándose, creando cooperativas para sobrevivir y para sembrar (más que yuca) futuro y esperanza... Siguen mejorando sus escuelitas, reuniendo a los padres, diseñando planes que les saquen de la miseria en la que la naturaleza (y el sistema) se ha empeñado en hundirlos.

Tita quiere ser Luz Marina, líder de su comunidad y maestra, fundadora de la cooperativa textil y delegada política del Frente. Tita quiere vivir en una casa oscura con una cocina de leña, acoger a sus sobrinos como a hijos y mantener la fuerza y la bravura que da saberse mujer-volcán. Tita quiere ser Luz Marina y subir por fin al Cerro Negro, el volcán que tantas veces les ha maltratado regándolos de lluvias de cenizas. Tita quiere ser Luz Marina y guardar (como guarda el cerro) bajo sus maneras lentas y tranquilas toda la rabia y la energía para tranformar un "sur" que quiere ser compañero y no mendigo del "norte", un "sur" dormido como el volcán que les contempla, un "sur" lleno de vida siempre a punto de estallar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ese es mi Tololar!!
Belkis.